Historia de la Sociedad El Sitio

LOS INICIOS

El origen de la Sociedad “El Sitio” sólo se entiende dentro del ámbito ideológico en pugna entre el carlismo y el liberalismo durante el siglo XIX. Nuestra Sociedad “El Sitio” recoge la más pura esencia del liberalismo nacido en el siglo XVIII y que traspasará los umbrales del siglo XIX. Sin embargo, a comienzos de la centuria diecinueve y tomando como pretexto la línea divisoria de la sucesión de Fernando VII entre su hermano Carlos María Isidro de Borbón y su hija Isabel, la sociedad española se va a seccionar en dos formas de pensamiento, palabra y obra. De esta manera, por un lado estarán los carlistas, o seguidores del ya referido Carlos María Isidro de Borbón y por otro los liberales, agrupados en torno a la que sería, con el correr del tiempo, Isabel II, reina de las Españas.

El carlismo es un dogma contrarrevolucionario que repudia cualquier innovación inherente a la Revolución Francesa, enlazando con otros movimientos políticos contemporáneos como el dogma jacobita inglés de fines del siglo XVIII, el “miguelismo portugués” o el legitimismo francés ubicado en la tercera década del siglo XIX. En torno a la filosofía carlista se nuclearon grupos antirrevolucionarios cuyo nexo más importante era la lucha por la supervivencia de la sociedad tradicional del Antiguo Régimen, por el mantenimiento del mundo agrario de siempre.

La base doctrinaria tenía que ver con el sostenimiento de un mundo en el que la religión católica imperase e hilvanase todos los aspectos de la convivencia, influyendo incluso en la manera de gobernación. Así que, en este aspecto, chocaban los carlistas con la división Iglesia-Estado que proponía el liberalismo doctrinario, y en la sociedad civil laica el choque se daba entre la preponderancia de la libertad individual del liberalismo frente a la estructura colectiva.

Carlistas y liberales coincidían en el concepto de Patria, pues para ambos ésta debía ser España. No obstante, el planteamiento institucional y territorial de estas dos ideologías distaba de ser simétrico. Para el carlismo, la descentralización territorial y la pervivencia de fueros, leyes, usos y costumbres de cada región de España debían ser logros a conseguirse, y para los liberales el concepto de igualdad intrínseca llevaba al centralismo igualitario y uniformizador de criterios y modos político-institucionales: la igualdad ante la ley, sofisma clave en su concepción.Por su parte, los carlistas creían en los fueros a ultranza. Tratábanse de leyes y prerrogativas que, en el siglo XIX, sólo estaban en pie en el País Vasco y Navarra y que tenían tres ventajas para estos territorios:

1. Autonomía económica total, ya que vascos y navarros recaudaban sus impuestos que después utilizaban en beneficio común dando una cantidad fija al Estado.
2. Salvo en levas de marinería estaban exentos de realizar el servicio militar obligatorio, hasta 1841 en Navarra y 1876 en Álava, Vizcaya y Guipúzcoa.
3. Preservaban usos, costumbres, tradiciones y leyes locales como por ejemplo la pervivencia del terreno comunal.Frente a estos postulados, y pese a que los liberales vascos no querían renunciar a estas prerrogativas, eran más partidarios de la uniformidad estructural del Estado-Nación, a través, especialmente, de la educación homogénea y en español, para llevar hasta el último caserío el proceso integrador del liberalismo internacional.

Además, el comunal era objeto de desamortización por parte de los políticos liberales para engrandecer la producción nacional, toda vez que rompía el “modus vivendi” local de vascos y navarros.

Y en lo que concierne a fórmula política, los carlistas eran partidarios de la monarquía absoluta, frente a la monarquía constitucional de los liberales, es decir, un rey sometido a una Carta Magna que limitase totalmente su poder de actuación y que existiese, asimismo, división de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) que siempre debería actuar, éste último, de forma independiente.

Esta pugna generó movimientos insurreccionales continuos que cristalizaron sobre todo en dos largas y cruentas guerras civiles. La primera tuvo lugar entre 1833 y 1839, y la segunda entre 1872 y 1876. Sin embargo, como movimiento social, el carlismo sólo alcanzó importancia en áreas periféricas de mesocracia campesina, como Galicia, Cantabria, Principado de Asturias, País Vasco, Navarra, Aragón, Cataluña y Norte de Castilla y León. La posición ambigua de parte de la alta nobleza y del alto clero explica su no generalización entre estos grupos sociales. Así, cuando el radicalismo liberal o el republicanismo eran más agudos, el carlismo hallaba más seguimiento, mientras que esta ideología era rechazada como solución anacrónica en las épocas normales de predominio del moderantismo y del conservadurismo liberal. Por esta razón, debilitado el carlismo por su segunda derrota militar en 1876, por la escisión del partido integrista y, sobre todo, por el desarrollo de los nacionalismos catalán y vasco, sólo mantendría su importancia en Álava y Navarra, provincias desde las que contribuyó vigorosamente a la rebelión militar en 1936. Franco metió al carlismo político dentro del partido único que crearía en 1937 (FET de las JONS), pese a la resistencia manifiesta de importantes sectores de esta ideología. Desde la década del setenta del pasado siglo XX, la estrella del carlismo empezó a decaer y hoy ha desaparecido por completo de la vida institucional, y pese a su resurgimiento fugaz como partido político (un sector) de izquierda opositora a Franco a finales de la dictadura. Otro sector mantiene la esencia integrista pero sin influencia social alguna.

LAS GUERRAS

La I Guerra Civil Carlista (1833-1839) dividió en dos mitades antagónicas a los constitucionalistas liberales: por un lado los seguidores de la reina María Cristina de Borbón y Borbón -viuda de Fernando VII- y de la futura reina Isabel II, que recibían el nombre genérico de “cristinos”. Por otro lado los carlistas, entre cuyos líderes destacaría Merino, Sarasa, Cuevillas, Eraso, Basilio García, Iturriaga, Santos Ladrón y Lardizabal, aunque sobresaldrá entre todos el mítico Zumalacárregui, coronel depurado en 1832 por sus ideas reaccionarias y a quien se le concede la dirección de las tropas rebeldes carlistas de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa.

Esta contienda tuvo repercusiones internacionales pues Austria, Rusia y Prusia y el Vaticano apoyaron el triunfo carlista, si bien Roma no rompió definitivamente relaciones con Madrid. Por su parte, Inglaterra, Portugal y Francia apoyaron la opción liberal de Isabel II, firmándose el Tratado de la Cuádruple Alianza entre estas naciones citadas en Londres el 22 de abril de 1834, llegando a España algunas tropas voluntarias por ambos bandos.

La primera etapa (diciembre de 1833-junio de 1835) tiene un marcado carácter guerrillero, y en ella Zumalacárregui domina los campos vascos y derrota a los generales isabelinos Quesada Rodil, Espoz y Mina y Valdés, pero sin ocupar ninguna ciudad importante y no pasando de hacerse con poblaciones, en general, mayores de cinco mil almas. Carlos de Borbón, que necesita demostrar su fuerza a los posibles valedores extranjeros, ordena a su general en jefe tomar Bilbao, principal puerto del norte de España y ciudad situada en una rica zona con recursos siderúrgicos que la convierten en el objetivo militar excelente del carlismo. Zumalacárregui, que hubiera preferido tomar Vitoria, más volcada hacia Aragón y Castilla, y de mayores simpatías carlistas, y cuyo control haría más fácil romper la estrategia que Madrid seguía de “fijar” el carlismo aislándolo del resto de España, murió en ese primer sitio de Bilbao (junio de 1835).

La segunda etapa (julio de 1835 - octubre de 1837) se caracteriza por la guerra abierta en el norte, con nuevos asedios de Bilbao, y por las operaciones en la retaguardia liberal. El levantamiento del sitio de la capital vizcaína tras la victoria de Espartero en el puente de Lutxana (Navidad de 1836), y la vuelta de las expediciones del carlista Gómez (junio-diciembre de 1836) y de Carlos de Borbón (mayo-octubre de 1837), que resultaron invictas pero que no consiguieron atraer hacia su causa otros territorios de la Península, muestran que el carlismo no puede ya vencer al Estado liberal, aunque logre victorias aisladas como en Oriamendi (marzo de 1837).

La tercera etapa (octubre de 1837-agosto de 1839), significa el agotamiento carlista en el norte. Desmoralizados, con divisiones internas y sin recursos, los sucesivos generales de la facción rebelde no logran otra cosa que prolongar la agonía militar del carlismo vasconavarro. Así las cosas, Maroto entra en conversaciones con los cristinos, y tras fusilar a sus “enemigos interiores” Guergué, Sanz, García y Carmona (febrero de 1839), llega al Convenio de Vergara con Espartero (31-VIII-1839). Carlos de Borbón, derrotado de forma solemne, traspasa la frontera (14 de septiembre).

La cuarta etapa (agosto de 1839-julio de 1840) generó las últimas operaciones en el Maestrazgo y Cataluña. Pese a la pericia del general Cabrera y la dura geografía, la llegada al Levante y al noroeste del Ejército del Norte y de otros grandes contingentes de tropas hacen inviable la resistencia. Espartero entra victorioso en Morella (30-V-1840) y Cabrera, desde la población catalana de Berga, ha de pasar la frontera. Los primeros días de julio acaba la I Guerra Carlista tras la firma del ya referido Convenio de Vergara el 31 de agosto de 1839.

Entre 1846 y 1849 hubo también sublevaciones carlistas, más conocidas con el nombre de “Guerra dels matiners” y que comenzaron en el otoño de 1846. Todo sucedió cuando se perdieron las expectativas de matrimonio entre Isabel II y el heredero carlista Conde de Montemolín. El descontento contra el gobierno moderado instalado en Madrid fomentó la insurrección de los partidos carlistas en Cataluña, aunque en 1847 hubo inicios de conflicto y levantamiento rebelde en Aragón, Navarra y Guipúzcoa. La presencia del general Cabrera al frente de los insurrectos catalanes no pudo evitar su derrota, gracias, en buena medida, a la dirección de los generales liberales Pavía, Concha y Fernández de Córdoba, quienes, al frente de sesenta mil soldados doblegaron a los revoltosos.

La última guerra civil decimonónica tuvo lugar entre mayo de 1872 y febrero de 1876 entre los seguidores de Carlos VII de Borbón y las tropas de Amadeo I de Saboya, de la I República y del rey Alfonso XII de Borbón. Una vez más, los principales frentes de batalla deberemos ubicarlos en el País Vasco y Navarra, además de Galicia, Asturias, Cantabria, Cataluña, Valencia y Castilla-León. Aunque el rey pretendiente es derrotado en Oroquieta el 4 de mayo de 1872, a fines de año se reanuda la lucha en el Principado de Cataluña y en Navarra y Guipúzcoa. Además, las victorias de Estella (agosto de 1873), Montejurra (noviembre de 1873) y Portugalete (enero de 1874) hincharon de ilusión la expectativa del partido carlista. Así que, de nuevo, reaparece la idea de conquistar Bilbao. Se pone sitio a la Villa capitalina vizcaína entre febrero de 1874 y el 1 de mayo de este año. El dos de este mes se levanta el cerco gracias al esfuerzo de los generales Serrano, Concha y Castillo, el primero de los cuales muere en junio de 1874 en Montemuro-Abárzuza-Navarra, cuando trataba de doblegar definitivamente al carlismo rural.

Desde el fracaso en la toma de Bilbao (origen de nuestra Sociedad “El Sitio”), los carlistas no supondrán ya un peligro para los ejércitos liberales. Además, cuando en diciembre de 1874 es restaurada la monarquía borbónica en la figura de Alfonso XII, muchos carlistas apoyan al nuevo monarca. En agosto de 1875 el general Martínez Campos ocupa la Seo de Urgell y pone punto final a la guerra en Cataluña. Y Fernando Primo de Rivera vence en Montejurra-Estella, entrando en la capital rebelde del carlismo a comienzos de 1876. Carlos VII atraviesa definitivamente la frontera hispanofrancesa por Valcarlos el 28 de febrero de 1876.

EL SITIO DE BILBAO

A finales del mes de abril de 1874 el general Serrano se reunió en Castro-Urdiales con el marqués del Duero, el General Concha. Era el ataque final, así que el 28 de abril, en torno a las doce horas, el general Concha se proponía atacar las posiciones de Las Muñecas con la primera y segunda división del tercer cuerpo del ejército regular. A la vez, las tropas del general Serrano invadieron las posiciones de la carretera de Sopuerta con el apoyo del general Laserna y los soldados del general Palacios y del brigadier Morales de los Ríos que operaron en Arenillas para ocupar Montellano. El 30 de abril, las tropas del general Echagüe coronaban los montes que bordean Balmaseda, mientras que descienden a Zalla y Sodupe y el general Laserna llega a la periferia de Galdames. El 1 de mayo se ocupan los reductos de San Fuentes, San Pedro Abanto y San Julián de Muskiz, iniciando el general Letona el avance hacia Portugalete, a la vez que los buques de la armada rompían las cadenas de la ría para liberar Bilbao. El general Serrano, instalado en Portugalete, recibió el 2 de mayo de 1874 la noticia según la cual, voluntarios auxiliares bilbaínos informaban de que las tropas carlistas habían abandonado todas sus posiciones alrededor de la capital vizcaína y se retiraban. Ante esto, el general Castillo (duque de la Torre) ordenó al general Concha (marqués del Duero) la entrada en Bilbao con su ejército expedicionario, entrada que se efectuó a las cuatro de la tarde. A las siete era el Presidente del Gobierno Provisional (general Serrano) quien visitaba la capital vizcaína acompañado de siete batallones al mando del general Laserna, siendo recibido por el gobernador militar de la plaza y el mariscal de campo Ignacio del Castillo, a quien acompañaba el pueblo bilbaíno en pleno.

BOMBAS Y ASEDIO

Es, en mi opinión, Miguel de Unamuno el autor que mejor ha descrito en su novela “Paz en la guerra” la ambientación que se vivió en Bilbao, ambientación trágica, diría yo, de aquel asedio ya comentado de 1874. Y es que la artillería sitiadora empezó a escupir fuego el 21 de febrero de 1874 a mediodía, al terminarse el plazo que los carlistas habían otorgado para que dejasen Bilbao los extranjeros, las mujeres y los niños. El sitio duró setenta días (21 de febrero-1 de mayo), de los cuales 39 fueron de bombardeo real y los 31 restantes se completaron con descargas de fusil.

Las baterías carlistas enviaron a la Villa 5.369 bombas (número recordatorio que aparece en nuestro anagrama), 1.307 balas, 107 granadas y dos cargas de metralla. Así que, en total, fueron 6.785 proyectiles, es decir, 280 toneladas de hierro y 40 de pólvora. El 8% de las bombas estalló en el aire, el 27% no llegó a explotar, y el 65% restante hizo estragos dentro del perímetro urbano de la Villa de Bilbao. El 29 de abril los ejércitos carlistas dispararon entre las siete de la mañana y la misma hora del día siguiente 535 proyectiles y un día más tarde 476. El 18 de marzo cayeron 424 y el 28 de abril 302. Aún el primero de mayo llegaban 288 bombas. Por el contrario, el 28 de febrero llegaron 15 y el 8 de abril 29 como balance extremo.

Del 9 al 27 de abril hubo tregua, que se rompe el 28 con bombardeo virulento. Recuérdese que en este día tuvo lugar la acción bélica de Las Muñecas, y el 30 la de Galdames, que resultaron victoriosas para los ejércitos liberales comandados por Manuel Gutiérrez de la Concha (general Concha en abreviatura popular) y marqués del Duero. Estos episodios trajeron la rotura del frente y la retirada del ejército carlista en ambas márgenes de la ría dirigiéndose por las orillas del Ibaizábal hacia Amorebieta, y terminándose el primero de mayo al atardecer el cerco a Bilbao.

Los destrozos materiales de este sitio fueron significativos. Así, los puentes colgantes de San Francisco y Fueros quedaron destruidos y el del Arenal muy dañado. Para colmo de males, el 11 de abril hubo un aguacero impresionante que hizo crecer el nivel acuífero de la ría y que provocó destrozos e inundaciones en numerosas casas que tenían el tejado agujereado por las bombas referidas pero que, además, hizo soltar amarras a las numerosas gabarras de transporte aseguradas de las incautaciones carlistas entre el puente de San Antón y el del Arenal. En su evolución natural estas gabarras y un vapor taponaron los ojos del puente del Arenal provocándose un desbordamiento general que trajo mayores problemas, si cabe. Las calles quedaron agujereadas por los impactos y edificios-mito como el Teatro de la Villa, la antigua Casa de Misericordia, la casacural de la Basílica de Santiago, el Hospital Civil de Achuri o el Ayuntamiento sufrieron graves desperfectos.

Las parroquias de San Antón y San Nicolás tuvieron que llevar los oficios de culto y clero a las de Santiago y Santos Juanes, por haberse destinado las primeras a fines militares, al igual que la de San Vicente Mártir (en Abando, recién anexionada esta jurisdicción a la Villa) cuyos servicios religiosos pasaron al convento de la Merced y la de Santa María de Begoña. Ésta última quedaba fuera del término municipal de Bilbao y actuaba como avanzado puesto fortificado cuya defensa se encomendó a la Guardia Foral. Por ello, la emblemática Basílica de Begoña fue la que más sufrió los ataques directos del ejército carlista. Esta iglesia, junto con las de San Vicente y San Nicolás, se abrieron al culto bastantes años más tarde.

El total de los daños padecidos en edificios públicos y privados ascendió a la cantidad de 7.024.570,71 reales, y las áreas urbanas que más sufrieron fueron el Campo de Volantín, encima de la línea de fuego, y las calles Correo y Bidebarrieta, las que mejores edificaciones portaban. Hemos de añadir a estas pérdidas aquellas otras que produjeron las bombas y la metralla en el interior de las viviendas y que ascienden a 2.579.310,16 reales, donde se incluye rotura de laboratorios, muebles, objetos decorativos, pinturas (dos cuadros de Goya fueron dañados), esculturas, bibliotecas, como la magnífica de E. Delmas, que fue incendiada con toda su casa en la única incursión que hicieron los carlistas en La Salve. El número de edificios totalmente arruinados fue de 51. Además 167 pisos quedaron absolutamente destrozados y parcialmente inservibles tres veces más.

Los gastos de fortificación también fueron muy considerables y se pretendieron sufragar con impuestos directos por parte del Ayuntamiento sobre la población no combatiente. Esta medida trajo peores resultados de los que se imaginaron sus impulsores por la penuria económica general, y porque el 13% de los inmuebles estaban vacíos por la huida de bilbaínos ante el drama del asedio y por la salida de carlistas hacia zonas de dominio ideológico similar. Sin embargo, ante la escasez de numerario por parte del municipio bilbaíno, tras la liberación de la Villa se impuso a los propietarios, el 13 de agosto de 1874, una contribución del 10% del importe de las rentas anuales de sus fincas respectivas ubicadas en el casco urbano de Bilbao, lo que llevó a la recaudación de un millón de reales con los que se pudo hacer frente, en parte, al proceso de reconstrucción urbana. Esta política recaudatoria y reconstructora se dio bajo la alcaldía de Felipe de Uhagón, quien había asumido el mando en enero de 1874, tras la dimisión del gobierno municipal republicano en diciembre de 1873. Uhagón, por decreto de 13 de agosto de 1874, impuso un arbitrio transitorio y extraordinario de guerra que recargaba cincuenta céntimos de peseta en tonelada de mineral de hierro que se embarcase en la ría de Bilbao y en El Abra con cualquier destino nacional o extranjero. También se hace gravamen de los productos importados para el consumo de las zonas vizcaínas no ocupadas por los carlistas. Téngase en cuenta que el comercio bilbaíno sufrió una merma considerable con motivo de la guerra y del bloqueo. Así, por ejemplo, los buques que habían entrado en Bilbao en 1872 fueron 2.413; en 1873 ascendió esta cifra aún a 2.027, pero en 1874 bajó a 879 aunque este año, de enero a abril, no accedió ningún buque a los muelles bilbaínos pues los carlistas habían bloqueado el puerto inutilizándolo. Los transportes extranjeros también conocieron sequía. En 1872 llegaron 1.340; en 1873, 1.090 y en 1874 sólo 74, lo que supone una reducción del todo considerable. Algunas importantes casas comerciales se arruinaron y otras más lograron sobrevivir exportando sus oficinas y consignaciones a Castro-Urdiales, Laredo, Santander o Gijón.

Sólo nos resta, en este capítulo de desgracias, incluir la peor de todas, la muerte por acción violenta. Parece ser que fallecieron por impacto directo de proyectiles 75 personas, de las cuales 46 (mujeres, la mayor parte) eran población civil.Se calculan en 148 las bajas por heridas y contusiones entre las fuerzas armadas y bomberos y 180, aproximadamente, las de la población civil.

No podemos olvidarnos del drama higiénico que supone cualquier situación de cerco militar. Así, al tener que vivir hacinados los habitantes en las lonjas inferiores y en los pisos bajos, la humedad (ya de por sí alta) hizo estragos en los aparatos respiratorios de no pocos bilbaínos. Añadamos la falta de limpieza o el tener que vivir con basuras y escombreras de forma permanente o con la presencia de piojos, liendres, pulgas, ratas y roedores de todo pelaje, siempre portadores de enfermedades infecciosas. Todo este panorama ayudó enteramente a aumentar la mortalidad de manera considerable. Máxime cuando muchos estómagos hubieron de acostumbrarse a alimentarse con carne de caballo, de gato, de rata, de ratón o de gaviota, que se compraba a precios desorbitados. Esta circunstancia, junto a la mala calidad de los alimentos enlatados y el pan hecho con harina de habas o de maíz, no siempre en óptimo estado, generó incremento notable de la morbilidad. No es de extrañar, pues, que en virtud de tanta desgracia la liberación de la Villa se celebrase con tanto alborozo y parabienes. De esta forma, como consecuencia de la victoria sobre los carlistas cercadores se hicieron gran número de ascensos de brigadieres a mariscales de campo y de coroneles a brigadieres. Por ejemplo, el teniente general Juan de Zabala y de la Puente, Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de la Guerra fue ascendido a capitán general del ejército, y los mariscales de campo Miguel de la Vega Inclán, Romualdo Palacio y González, José de la Loma y Argüelles e Ignacio del Castillo y Gil de la Torre ascendieron a tenientes generales. Éste último, como sabemos, fue el gobernador militar de Bilbao dirigiendo la defensa de esta plaza durante el asedio carlista comprendido entre el 28 de diciembre de 1873 y el 1 de mayo de 1874. Y por decreto del Ministerio de Guerra de 10 de junio de 1874 (Gaceta de Madrid de 11-06-1874) se crea una medalla conmemorativa de la defensa de Bilbao y de los combates entablados para su liberación. En ella puede leerse: “Honor, Patria y Libertad”. También fueron recompensados con la Gran Cruz del Mérito Militar por servicios especiales durante el sitio Manuel María de Cortázar, diputado general de Vizcaya, Eduardo Victoria de Lecea y Arana, Felipe de Uhagón (alcalde primero de Bilbao) y Adolfo Ibarreña y Ferrer, ingeniero jefe de caminos.

Por su parte, el 6 de mayo llegó el general Serrano a Madrid, a la una de la tarde, y realizó una entrada multitudinaria en la capital. Desde la estación de Atocha hasta el palacio presidencial ubicado en la calle de Alcalá y pasando por la plaza de Oriente, calle Arenal y Puerta del Sol estaban las tropas formadas, había arcos florales triunfales y balcones engalanados. También hubo desfile de honor delante de la presidencia. Se instaló iluminación extraordinaria y las bandas de música de los regimientos de la guarnición de Madrid entonaron antología selectiva ante el propio general Serrano. Quien, por cierto, recibió numerosos telegramas de felicitación desde toda España, tanto de círculos republicanos, como liberales y monárquicos no carlistas, obviamente.

LOS EJÉRCITOS DE VOLUNTARIOS, LOS “AUXILIARES”

En 1872, cuando comenzaba la última guerra civil del siglo XIX, nació el llamado Batallón de Auxiliares que fue disuelto el 11 de abril de 1876 cuando finalizó ésta. El 20 de marzo de 1874 estos auxiliares recibieron el título de “Batallón de la Milicia Nacional”. Se componía de voluntarios vecinos de la Villa o residentes en ella y era una réplica de aquella otra milicia nacional existente en la primera contienda carlista. Dependía de manera directa del Ayuntamiento y el alcalde Felipe Uhagón era su jefe nato, quien decretó desde el 24 de enero de 1874 la realización de guardias desde las siete de la noche a las siete de la mañana en todos los puntos de vigía de Bilbao a excepción de las guarniciones militares y de tesorería. El 29 de diciembre de 1873 el Batallón de Auxiliares se componía de 685 voluntarios mientras que el 28 de febrero de 1874, cuando ya las bombas llovían sobre Bilbao, el número de miembros de esta milicia nacional ascendía a 1.125 y sólo en aquel mes de febrero se registraron 435 altas. Este auge debe atribuirse a varias razones.

La primera tiene que ver con la disolución, por parte del Ayuntamiento del alcalde Uhagón, del “Batallón de Voluntarios de la República” existente hasta diciembre de 1873, pues numerosos miembros de esta agrupación cívico-militar pasaron al nuevo Batallón de Auxiliares. La segunda causa del auge de participación tiene que ver con un verdadero deseo de defensa de la plaza y también, sin duda, en la estructuración militarista que generaba este Batallón de Auxiliares y que traía consigo orgullo de grupo, orgullo de pertenencia a una causa noble. Para entrar a formar parte de esta institución había que tener entre 16 y 60 años. Con 14 ó 15 años se podía aspirar a ser corneta y con 61 ó más cualquier aspirante se agrupaba en el autotitulado Cuerpo de Veteranos que también existió en la Villa. Sin embargo, la mayor parte de los Auxiliares eran solteros y con edades por debajo de los 30 años. El 47% de ellos había nacido en Bilbao, el 19% en otros puntos de Vizcaya, el 20% en Santander, Burgos, Álava, Guipúzcoa, Navarra o Logroño, el 12,5% en el resto de España y el 0,5% en el extranjero, tal y como demuestra Estíbaliz Ruiz de Azúa, quien a su vez explica cómo la clase media o media-baja es la componente principal de nuestra milicia. Por ejemplo, no hay ni un solo agricultor, aunque ya en el censo municipal de 1871 esta condición sólo es consignada en un 3,78% de la población masculina de la Villa, lo que pone de manifiesto, sin duda, el carácter comercial y de negocio de nuestra ciudad. Por ello, el 39,6% de los Auxiliares eran fabricantes o artesanos y los peones y jornaleros tan sólo el 1,5% de los miembros de la milicia frente al 6,59% de trabajadores jornaleros que existían en Bilbao según aquel censo de 1871. Los mercaderes, corredores de bolsa y comerciantes eran el 18,6% de los Auxiliares frente al 8,9% del total que había en Bilbao. Los dependientes de comercio eran el 8,2% frente al 3,34% del total municipal y los miembros de la milicia que tenían profesiones liberales el 5,1% y los propietarios y rentistas el 3,9%, ambos conceptos por encima de la media local también. El 3,5% de los Auxiliares eran estudiantes y escolares. Así que el 47,6% eran miembros de la mesocracia acomodada y el resto hasta completar la nómina total se encuadraban en las categorías de fondistas, cafeteros, taberneros, empleados públicos, miembros del orden público o jubilados de las fuerzas armadas. La ubicación geográfica de esta milicia es clara: calles en torno a Santiago, San Nicolás, Plaza del Mercado y Estación, y en menor proporción en Bilbao La Vieja.

Junto al Batallón de Auxiliares convivió durante toda la contienda el Batallón de Movilizados, compuesto por voluntarios que provenían de otros puntos de España y que, bajo las órdenes del Gobierno Civil, se dedicaban a tareas de vigilancia y contraguerrilla. Eran 284 en el momento de la liberación de la Villa, que, junto a los 3.594 soldados de los batallones Primero y Segundo del regimiento de infantería “Inmemorial”, el Primero del regimiento de infantería “Zaragoza”, el batallón de cazadores “Alba de Tormes”, parte del batallón de cazadores “Segorbe”, las fuerzas de los regimientos Tercero y Cuarto de artillería de a pie, Segundo de artillería de montaña y regimientos de caballería “Numancia” y “Albuera” y la compañía de ponteneros del Tercer regimiento de ingenieros, los carabineros de la Comandancia de Bilbao, guardias civiles de las Comandancias de Vizcaya y Álava, los 356 hombres de la Guardia Foral de Vizcaya y el Estado Mayor del gobernador militar Ignacio María del Castillo componían las tropas que guardaban la Villa. Hay que sumar 1.361 milicianos entre el Batallón de Auxiliares y la compañía de zapadores y bomberos. En total, 5.239 hombres.

Las fuerzas carlistas en Vizcaya las aseguraban once batallones: cuatro castellanos, dos santanderinos, un asturiano, dos de las Encartaciones y dos guipuzcoanos. Los generales Ollo y Rada perecieron en el cerco a Bilbao, igual que Andéchaga, siendo el general Elio la autoridad viva más relevante del sitio. El asedio a Bilbao se hizo a cargo de los batallones carlistas vizcaínos de Durango, Markina, Bilbao, Munguía y Gernika. Por su parte, los batallones de Arratia, Orduña y las Encartaciones se trasladaron a Somorrostro para evitar la penetración del ejército liberal. La artillería que atacó Bilbao situó cuatro baterías de morteros en distintos puntos de Archanda y dos de cañones en Santa Mónica y Artagan, en las proximidades de la Basílica de Begoña, donde se había hecho fuerte la Guardia Foral. Más tarde ubicarían otras dos en Ollargan y Cadena Vieja. Al final, el ejército liberal gubernamental rompió el bloqueo aunque su estado a la entrada en la Villa distaba de ser ideal, tal y como nos cuenta Miguel de Unamuno quien, con nueve años, presenció aquella escena histórica, más tarde cotejada con testimonios de los más mayores combatientes: “El ejército libertador, descalabrado y hecho una lástima, entró por el Puente Viejo (el de San Antón), único que quedaba en pie, puente de los viejos recuerdos de la villa, blasón de sus armas, testigo de sus intestinas turbulencias; fue recibido por el concejo, y atravesó el pueblo hecho jirones. Pasaban con caras pálidas de fatiga entre otras pálidas de miseria y con el sello de las tinieblas, y nada de entusiasmo loco, sino algunos vivas, mucha solicitud y corrientes de mutuo cariño compasivo. Cerníase sobre la alegría un inmenso luto, y la dulce dejadez soñolienta de la convalecencia. Diríase que acababan de salir de un doloroso sueño. Pesaba sobre todos una ardorosa sed de descanso.”

Además, el alojamiento en la Villa de tanta tropa iba a traer problemas añadidos a los ya comentados con anterioridad. Sin embargo, era tal la alegría y el júbilo popular por la liberación que la fecha del 2 de mayo pasó, en el futuro, a formar parte de la iconografía local como día festivo de alta magnitud, junto a la Navidad y las corridas de toros y teatro en agosto. Los dos primeros aniversarios (1875 y 1876) consistieron en un “Te Deum” en la Basílica de Santiago, con asistencia de todas las autoridades y un refresco que el Ayuntamiento daba a la ciudadanía. Pronto se añadió la costumbre de realizar “procesión cívico-militar” desde el edificio del Ayuntamiento hasta el cementerio de Mallona para situar coronas de flores al pie del monumento que recordaba la primera guerra carlista y que había sido inaugurado solemnemente el 24 de mayo de 1870 y donde estaban enterrados los restos de los combatientes liberales caídos entre 1833 y 1834, así como otros de la contienda entre 1872-1876. En 1895 se llevaron allí con fasto y honores los restos mortales del general Castillo. Había nacido en 1875, afianzándose en 1876, la Sociedad “El Sitio”, para recordar estos acontecimientos y, sobre todo, para mantener viva la llama de los valores del liberalismo democrático sobre los que se sustentaría la moderna convivencia ciudadana occidental. Así pues, aquellos Batallones de Auxiliares que habían participado en la contienda militar, se transformaban en agrupación civil defensora de la cultura democrática.

LA FIESTA DEL 2 DE MAYO

Se iniciaba con Te Deum en la Basílica de Santiago y “procesión cívico-militar” al mausoleomonumento situado en Mallona. Había refrescos y viandas ofertados por el Ayuntamiento, además de diversiones populares como el “gargantua” o muñeco de grandes dimensiones con tobogán interior que se tragaba a los niños. Había también corrida de toros, que más tarde fue seguida de otra que solía celebrarse el domingo siguiente. La celebración del 2 de mayo tenía alta significación política y, durante mucho tiempo, las familias carlistas abandonaban este día la Villa pues se entonaban canciones de corte liberal con claras alusiones anticarlistas. Además, el “Himno de los Auxiliares” sonaba por todas las esquinas, cuya letra recordaría la defensa de la Villa frente al acotamiento integrista. Este himno fue compuesto durante el cerco por el compositor y miliciano auxiliar de la Sexta Compañía, Manuel Villar, y era muy popular en Bilbao. Se escuchó por primera vez el 17 de abril de 1874 por la noche, y fue interpretado por la orquesta y coros del Batallón de Auxiliares y contó la audición con la presencia del propio general Castillo y Ayuntamiento en pleno. El 19 de abril por la tarde, con orquesta más brillante, se repitió concierto en el Teatro “ofrecido al bello sexo”. El éxito de ambos eventos culturales fue completo, fue total.

El 2 de mayo de 1924 se tornó de importancia significativa por cumplirse el cincuenta aniversario. Asistió el Jefe de Gobierno, el general Miguel Primo de Rivera, quien estaba en el poder tras el pronunciamiento de 13 de septiembre de 1923. Sin embargo, mientras duró la dictadura de Primo de Rivera, hasta 1930, no volvió a celebrarse la festividad del 2 de mayo. En 1931, en cambio, y en los arranques de la Segunda República española estuvieron en la procesión a Mallona Indalecio Prieto (ministro de Hacienda), Marcelino Domingo (de Instrucción Pública), el general Queipo de Llano, el comandante de aviación Ramón Franco, Miguel de Unamuno y otras personalidades.
El 2 de mayo de 1933 fue honrada la Sociedad con la presencia del Presidente de la República Niceto Alcalá-Zamora y varios miembros de su gobierno. El laicismo de los tiempos republicanos eliminó el Te Deum del programa de la Sociedad, que, no obstante, siguió celebrando misa en la Basílica de Santiago.

El 19 de junio de 1937, los Requetés entran en Bilbao, y la “Plaza de los Auxiliares” perdió su nombre, lo mismo que la “Calle de la Libertad” y la Villa dejó de llamarse “Invicta”. Se había anulado de raíz y por designación fascista todo vestigio liberal impulsado por la Sociedad “El Sitio”.

LA TRAYECTORIA HONORABLE

El primer presidente, Canuto de Azcue, ordenanza de banco, profesaba la ideología liberal, y era un digno representante de la clientela societaria de la primera generación, abierta a ideas progresistas, por naturaleza demócratas y profundamente anticarlistas. Por aquella época, El Sitio desplegaba una actividad política muy intensa, complementada con actos culturales y tertulias sobre los más diversos temas. Entonces se aproximaron a nuestra Institución intelectuales como Miguel de Unamuno y políticos de la talla de Horacio Echevarrieta.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX un sector de la alta burguesía se acercó a la sociedad, inyectando en ella capitales que servirían para edificar una sede en la calle Bidebarrieta, a la cual se habría de bautizar con el nombre, tan preñado de reminiscencias intelectuales contemporáneas, de “Palacio de la Libertad”. Fue construida en 1890 por el arquitecto Severino de Achúcarro, quien proyectó una fachada barroquizante con interiores de inspiración romántica y un conjunto arquitectónico de carácter ecléctico. Llegó a poseer una biblioteca de 9.000 ejemplares, que después sería destruida durante el franquismo. De la actividad cultural societaria destacaron las conferencias pronunciadas desde su tribuna por Manuel Azaña, Indalecio Prieto, Niceto Alcalá Zamora, Federico García Lorca, Margarita Xirgú, Ramiro de Maeztu y José Ortega y Gasset.

El Sitio conectó con las generaciones literarias de 1898, 1927, y también con el movimiento cultural de 1914. Algunos de sus actos fueron transmitidos por la radio, y la presencia de público llegó a ser tan masiva que tuvieron que instalarse altavoces para que las personas que no entraban en los salones de Bidebarrieta pudieran seguir las conferencias. Los socios intervenían activamente en la vida pública local, interesándose asimismo por la actualidad nacional e internacional, y en la misma forma en que se había ejercitado en otros tiempos el Ateneo de Madrid.

El Sitio había nacido en 1875. Fue en sus orígenes una agrupación recreativa, de signo cultural y político, similar a la Sociedad Bilbaína y al Ateneo de Madrid, aunque con un cariz militante perfectamente definido a causa de los tiempos en que tuvo lugar su alumbramiento. Los primeros socios no se limitaban a manifestar su opinión testimonialmente, sino que intervenían de forma activa en la tumultuosa vida política del siglo XIX.

Los miembros de la milicia liberal, con sus peculiares uniformes y sus gorras de estilo inglés, se solían reunir por las tardes en el Arenal, punto de encuentro de las principales tertulias de la villa, bajo un tilo famoso que hoy no existe. Allí hacían comentarios sobre la marcha de la guerra, los bombardeos, la escasez de alimentos, la entrada de buques, etc. Durante los meses del invierno trasladaban su lugar de reunión a una taberna cercana. Esta constancia en los encuentros hizo que se fuera consolidando un grupo, el cual daría origen finalmente a una sociedad regulada por estatutos.

Era el año de 1875. Los primeros socios eran gente liberal, de mentalidad abierta e ideas progresistas y también declaradamente anticarlistas. Teniendo su origen en la milicia liberal no es de extrañar que El Sitio fuera una agrupación dominada fundamentalmente por las clases medias. Durante los primeros años se mantuvieron las tertulias y las actividades lúdico-culturales. El Sitio era un club social de alto nivel intelectual y sus instalaciones y servicios hicieron de esta Sociedad una perfecta escuela de iniciación a la vida social: gimnasio, salón de baile, escuela de esgrima, restaurante, café, salón de actos conmemorativos y fiestas. Incluso se llegó a instalar un casino dentro de la Sociedad, que generó considerables beneficios. Se organizaban excursiones, e incluso se disponía de caballos para el transporte y solaz de los socios. Con un compromiso político que en ningún modo se podría calificar de difuso, la Sociedad “El Sitio” llegó a reafirmarse como explícitamente liberal después de la reforma de sus estatutos, a los 16 años de su fundación. Previamente, el dogma conductor provenía del sofisma del liberalismo más dogmático, más democrático.

También la alta burguesía se acercó a la Sociedad, con el propósito de fortalecer sus posiciones políticas. Como ejemplo de su capacidad de influencia social, los miembros de El Sitio consiguieron a principios del siglo XX una moratoria de 20 años que eximía a sus hijos del servicio militar. Gracias al capital de la alta burguesía se construyó la sede de la calle Bidebarrieta, bautizada con el pomposo nombre de “Palacio de la Libertad”. Allí, cómo no, siguieron celebrándose fiestas, banquetes y bailes. Las damas de Bilbao llegaban a pelearse con tal de conseguir que un socio las invitara. Cada día se cambiaba de traje. Las fiestas duraban hasta la madrugada, y al finalizar los socios iban a tomar el desayuno y finalmente a escuchar misa. Como ya hemos dicho, El Sitio llegó a tener una biblioteca con más de 9.000 volúmenes, que no sobrevivió a la entrada de las tropas nacionales franquistas en Bilbao en 1937. Unamuno pronunció allí nada menos que seis conferencias. Otros ilustres invitados fueron Manuel Azaña, Indalecio Prieto y Niceto Alcalá Zamora.

Esta fue la primera etapa en la historia de la Sociedad El Sitio. Nació durante una guerra y otra guerra la vio perecer en 1937. Este hecho la convierte en un símbolo de la época, ya que el liberalismo español como fenómeno político y social sólo fue posible durante el intervalo comprendido entre ambas contiendas fratricidas. La naturaleza siempre está en guerra, ya lo había dicho Heráclito; la simbología de El Sitio se conserva, por supuesto, en su mismo nombre, y también en sus principales celebraciones, la memoria de los hechos de armas que contribuyeron a su gestación: el 25 de diciembre de 1836, fecha del levantamiento del II sitio de Bilbao, cuando se concedió a Bilbao el título de Noble y Muy Leal Villa; y el 2 de mayo de 1874, entrada de las tropas liberales en Bilbao. En estas dos fechas los socios subían la escalinata de Begoña en procesión cívica para honrar a los muertos en el Cementerio Civil de Mallona. Fiel al espíritu moderno que había visto nacer a esta noble asociación, no desaprovechaba el presidente la ocasión para lanzar, en justo desquite, unas cuantas granadas verbales contra el oscurantismo político de cada momento. Los actos continuaban con un banquete y un baile en la Sede social, y en las calles de Bilbao se producía un interesante jolgorio con gargantua, gigantes y cabezudos incluidos.

En 1980, un grupo de bilbaínos liberales reactivan la Sociedad. En esta nueva etapa, se intenta impulsar la actividad cultural tradicional procurando potenciar la influencia de la Sociedad en la cultura vasca, para lo cual se intenta acercar hasta nuestra tribuna a los personajes más destacados de la escena intelectual. La participación de El Sitio en la recuperación de la democracia fue especialmente intensa durante la década de los ochenta. En la actualidad, El Sitio prosigue en esta línea de apertura y respeto a las diferentes posturas ideológicas que conviven en la sociedad vasca.

Asociación pluralista y no lucrativa, consciente no sólo de la importancia del patrimonio intelectual heredado, sino también de las nuevas tendencias globalizadoras que están transformando la ciudad de Bilbao, su mayor interés consiste en convertirse en un punto de referencia en la vida cultural del País Vasco y de España, atrayendo también a este foro a generaciones jóvenes. Desde 1999 hasta la actualidad han pasado por esta tribuna, entre otras personalidades del mundo de la cultura y la política, Camilo José Cela, José Antonio Ferrer Benimeli, Fernando Savater, José María Aznar, Antonio Pernas, Ramón Tamames, Embajador de Israel, Delegado General de Palestina, Embajador de la República de Chequia, Embajador de Chile, Embajador de Polonia, Embajador de Rusia, Embajador de Perú, Embajador de Austria, Juan José Linz, Esperanza Aguirre, Miguel Roca, Pedro Schwartz, Rosa Díez, Edurne Uriarte, Pedro Miguel Etxenike, César Alonso de los Ríos, Enrique Múgica, Juan Pablo Fusi, Gustavo Bueno, Juan Velarde, Charles Powell, Mario Onaindía, José María de Areilza, Rosa Aguilar, José Luis de la Granja, Santiago de Pablo, Pedro González-Trevijano, Javier Corcuera, Miguel Ángel García Herrera, Ramón de Miguel, Manuel Pimentel o Juan Carlos Aparicio. En el año 2000, y con motivo de la celebración del 125 aniversario de la fundación de la Sociedad El Sitio, acudió a nuestra fiesta cívica de 2 de mayo la Excelentísima ministra de Educación, Cultura y Deporte Doña Pilar del Castillo.

Terminaremos diciendo que, desde sus orígenes, nuestra Institución ha luchado contra toda forma de totalitarismo. Primero, contra el oscurantismo contrarrevolucionario mantenedor de las fórmulas de gobierno y vida del Antiguo Régimen que suponía el carlismo. Después, contra el fascismo del general Franco, y recientemente contra el totalitarismo del nacionalismo radical excluyente

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pregunta no inocente: ¿vais a pedir que la calle franquista dedicada al político tradicionalista Marcelino Oreja -ya no se hacen piquetes socialistas como los de 1934- recupere su anterior denominación liberal de calle del 25 de Diciembre de 1836, fecha de la liberación de la villa tras la batalla de Luchana?

javi dijo...

el general Castillo, no es el duque de la torre. sino que el duque de la torre es el general Serrano